Dos aproximaciones bien intencionadas pero incorrectas a la cuestión del Presupuesto Educativo

  1. El gasto educativo ha decrecido en términos de su participación en el Producto Bruto Interno una vez que se realizan ciertos ajustes a dichas cifra (ver aquí, una buena respuesta aquí)

Dos economistas plantean en un serio estudio que no medimos correctamente el gasto en educación cuando lo hacemos como gasto corriente (de ese año) en porcentaje del PBI sino que hay que tomar en cuenta la evolución del poder de compra de dicho gasto en términos de “producción” educativa. El tema central es que el gasto corriente es fundamentalmente salarios. Veamos esta falacia mediante una historia.  Los simples mortales suelen mirar cuánto gasta la familia en el sueldo de la maestra y dicen: “esta familia gasta el 4.7% de su ingreso en clases particulares mientras que hace unos años gastaba apenas el 2.7%”. Sin embargo, algunos economistas, que logran ver más allá de esta supuesta verdad, se dan cuenta que en realidad lo que sucedió fue que el sueldo de la maestra aumentó por encima de los precios de la economía, por tanto, la familia no gasta más en educación, sino que gasta menos. En definitiva, tiene que destinar más plata que antes para contratar a la misma maestra y por tanto no aumentó el gasto en educación sino que incluso pudo haber disminuido.

Pero resulta que la sociedad en su conjunto no es lo mismo que una familia. Es más, lo interesante de esto es que el objetivo de la política de las administraciones desde 2005 en adelante fue justamente “inflar” los costos de la educación, porque los salarios estaban completamente deprimidos y su aumento supone una transformación en la propia estructura del sistema educativo. Conclusión: si realizamos el ajuste que proponen llegamos a la conclusión ridícula de que el aumento significativo de los salarios de los docentes a partir de 2005 hizo decrecer el gasto educativo como porcentaje del PBI.

  1. El esfuerzo que hace el Uruguay es poco significativo respecto al mundo porque los países centrales gastan mucho más que nosotros en dólares incluso corregido por poder de compra (dólares PPA) (ver aquí)

Algunos artículos han sugerido que se debe tomar como medida de compromiso con la educación el monto de dinero que dedican a sus alumnos los distintos países. Como el dinero expresado en dólares corrientes así como así no significa poder de compra, estos artículos realizan un ajuste a estos montos que se conoce como “paridad de poderes de compra” (la sigla en inglés es PPA). Cuando se dice que algo está expresado “en dólares PPA”, quiere decir que se corrige el valor en dólares de la comparación por el costo que tienen las canastas de bienes y servicios que se pueden comprar con ellos en cada país. Resulta intuitivo que no cuesta lo mismo una canasta de servicios básicos en Uganda que en Japón y los dólares PPA intentan expresar el valor de compra de un dólar de modo que pueda comprar lo mismo en cada uno de esos países. Y el resultado de esa comparación es que en dólares PPA los países ricos gastan mucho y los pobres gastan poco. Esto es cierto, pero hay una pequeña trampa conceptual.

El gasto educativo corriente está determinado fundamentalmente por el peso que tienen en él los salarios. El problema cuando se comparan salarios es que incluso cuando se corrige por el costo de vida en cada país, cabe la pregunta: ¿cuánto gana un economista serio en cada uno de esos países? No tiene sentido comparar cuánto gana un maestro en dólares en paridad de poderes de compra en dos países que tienen niveles salariales completamente distintos para todas las profesiones (incluyendo economistas serios y maestros). O dicho de otra forma, ¿a alguien le sorprende que por ejemplo en Uganda un maestro cobre un sueldo de la escala salarial de un país como Japón? Primero, probablemente no den las cuentan para eso. Segundo, nadie cree razonablemente que los maestros puedan constituirse en una pequeña cúpula de ese tipo en un país muy pobre cobrando un nivel salarial correspondiente a un país de un nivel de desarrollo mucho mayor. Conclusión: comparar el esfuerzo educativo en términos de poder de compra del gasto educativo –que está determinado fundamentalmente por los salarios docentes– no es buena forma de medir el esfuerzo educativo.

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Presupuesto educativo: ¿Qué ves cuando me ves?

Una educación de calidad para toda la ciudadanía constituye uno de los elementos centrales de cualquier proyecto de ampliación de las libertades humanas y por tanto su priorización en términos de gasto público resulta fundamental. En estos tiempos se ha hablado mucho respecto al presuuesto que invierte el Uruguay en educación y si esto es o no suficiente para solventar las aspiraciones sociales que tenemos.

En este sentido, han circulado argumentos técnicos que ponen en tela de juicio las medidas “convencionales” que se utilizan para valorar y comparar el esfuerzo educativo que realiza el Uruguay. Con ánimo simplificador, suelen plantearse dos argumentos: (i) que luego de realizar ciertos ajustes por la “inflación” educativa, el presupuesto destinado a educación como porcentaje del producto bruto interno (PBI) no sólo no ha aumentado sino que incluso ha disminuido (ver aquí, una buena respuesta aquí), y (ii) que las remuneraciones del sector docente son ridículamente bajas en comparación con lo que cobra un docente en un país rico (ver aquí).

Ambos argumentos presentan fuertes debilidades. El primero, porque justamente el objetivo de las políticas de la última década fue “inflar” los costos de la educación por encima del resto ya que los salarios del sistema educativo estaban completamente deprimidos. Mientras que el segundo, al menos no parece un gran hallazgo: comparados puesto a puesto los trabajadores de los países ricos ganan más que los de los países pobres (aquí les dejo un documento con una explicación técnica más profunda).

¿Qué mirar?

La medida más razonable que suele utilizarse para medir el esfuerzo educativo de cada país es el gasto corriente que realiza una sociedad como porcentaje del total de valor neto que genera en un año (PBI). Esto es así, ya que es una medida que muestra el esfuerzo relativo que realiza cada país y no se encuentra expresado en términos absolutos ni se cambia la base de comparación. En el gráfico adjunto elaborado por CEPAL en base a datos oficiales puede observarse la estructura del gasto público social para un conjunto de países de América Latina. estructura gastoComo se desprende de ahí, Uruguay tiene un gasto público social elevado y un gasto educativo relativamente inferior a la media latinoamericana. Sin embargo, incluso a igual cobertura del sistema educativo público, debe tenerse en cuenta la estructura demográfica de cada país. No es lo mismo destinar un 4.5% del PBI en un país como Uruguay con un 22% de jóvenes que en otro donde la población joven alcanza a cerca de la mitad. Si quitamos esos países de la comparación, Uruguay –que comenzó la década al final de la lista– se encuentra hoy en los primeros puestos junto a Argentina, Costa Rica y Chile.

El pecado original

Como señala una investigación realizada por Unicef, la matrícula de enseñanza media en Uruguay no paró de crecer durante todo el siglo XX con dos empujes en la cobertura a partir de los años 50 y 80. Sin embargo, el presupuesto expresado en términos de PBI no acompañó la aceleración impresionante de la matriculación en enseñanza media –¡oh casualidad!– a partir de la salida de la dictadura. Sin lugar a dudas un país chico y con aspiraciones de desarrollo como Uruguay tiene que avanzar en el esfuerzo que dedica a la educación, no basta para la comparación unos pocos años de esfuerzo frente a otros países que lo vienen realizando durante décadas (punto central de coincidencia con Jana Rodríguez).

Le pese a quien le pese, en el Uruguay pos dictadura ha existido un único partido político que ha demostrado compromiso (no sólo con declaraciones de amor) con la educación pública. Ahora, el programa del Frente Amplio plantea acercarse a un gasto educativo equivalente al 6% del PBI. Probablemente con ese esfuerzo relativo Uruguay encabece a los países la región en el gasto que realiza en relación a su cantidad de estudiantes.

¿Es suficiente? No. Corregir el pecado original de décadas de desinversión y estímulos equivocados a la remuneración de la profesión docente no se logrará mágicamente y requiere un gran programa reformista que genere una verdadera revolución educativa. Priorizar el presupuesto educativo –como se ha hecho desde 2005– debe ser el componente prioritario de la política social. Es el pilar básico de la igualación de oportunidades y de la capacidad de generar bienestar en la población. En Uruguay, como dice Tabaré, falta mucho pero falta menos.

*Agradezco enormemente los comentarios de Oriana Montti, Martina Querejeta, Mauricio De Rosa, Fernando Isabella y Gastón González