“Prefiero el salto que esperar, a decidirme” (Del blog CCEE 2012)

Frontera de Nepal con el Tibet. Los Himalayas decoran el fondo y dos montañas abren paso a un rápido y estruendoso río. Un puente de metro y medio de ancho tejido con varillas de metal por las que se pueden entrever claramente los 160 metros hasta el río empedrado comunica las dos montañas. La cámara mira desde la izquierda. Doblar el cuello, saludar, abrir los brazos en forma de avión y vaciar de aire el paisaje preparando un suspiro. “Tres, dos, uno”, dice quien sostiene la espalda mientras los pies se balancean mitad dentro y mitad fuera de la plataforma de un metro que sobresale al costado del puente. “Prefiero el salto que esperar, a decidirme.” (La trampa, escuchar).

El lugar

El lugar

Nepal fue un destino extraordinario desde el punto de vista social, cultural y paisajístico. Pero Nepal también fue para nosotros la oportunidad para hacer algunas actividades “extremas”. Por sus nombres en inglés y en orden cronológico: rafting, que es navegar remando un bote de goma de a seis personas por un río con mucha corriente y rápidos; paragliding, que es tirarse desde la cima de una montaña con un paracaídas y un instructor y utilizar las corrientes de aire caliente para subir cientos de metros; trecking, simplemente caminata por la montaña; bungy jumping, saltar de cabeza en un puente agarrado de los pies; y swing, caída libre en péndulo desde un puente.

Las últimas dos actividades están ambientadas en el paisaje descrito en el primer párrafo y claramente fueron las más impresionantes. El día que llegamos a Katmandú en el bondi los guías pasaron una listita para enrolarse en el bungy jumping de la frontera con Tibet, el tercero más alto del mundo. No tenía pensado hacerlo, pero algo me motivó a anotarme en la lista y claramente no me arrepiento.

Partimos a las 5 de la mañana en una camioneta junto a Mauri, Nando, Maira y el Marrano. El camino duraba tres horas desde Katmandú ya que el puente para practicar bungy quedaba sobre la frontera de este país con el Tibet. Pocos kilómetros en Nepal implican muchas horas, ya que las carreteras están en muy malas condiciones, el tránsito es muy entreverado y todas las rutas serpentean entre montañas. Ahora que lo escribo, creo que esto también debería anotarlo como una actividad extrema.

Mirando hacia abajo

Mirando hacia abajo

Llegamos a “Last Resort” (en español “el último Resort”), un lugar que se encuentra a pocos metros del puente colgante y que sirvió de base para prepararse. No creo que sea muy necesario explicitarlo, pero por las dudas lo digo: estamos de acuerdo que es un nombre muy malo para un lugar que sirve de base para esperar para hacer un deporte extremo ¿no? Bueno, sea como sea, llegamos con mucho movimiento en nuestros estómagos porque para llegar al resort tuvimos que cruzar el puente que estaba infinitamente más alto de lo que imaginamos nunca. Tampoco imaginamos un puentecito colgante de esas características, pero ya estábamos ahí. Todos fuimos al baño y luego a la capacitación que consistía básicamente en mirar videos de gente saltando. Aunque no parezca, esta actividad resultaba muy tranquilizadora, algo así como que naturalizaba el salto. Nos pesaron, nos ordenaron por peso y enfilamos hacia el puente.

El primero de nuestro grupo fue el Marrano que se vio muy nervioso al dirigirse hacia la rampa. Sin embargo, un segundo antes del salto algo cambió, estiró los brazos y realizó el salto estéticamente más armónico que vimos en todo el día. Luego fue el turno de Mauri y luego el mío. La preparación había sido exitosa y no estaba tan nervioso como pensaba, aunque por alguna razón irracional para mi cuerpo, el miedo no está dado tanto por la probabilidad de ocurrencia de un suceso negativo, sino por la probabilidad de supervivencia dado que éste sucede (léase que si se rompe la cuerda, marchaste, no importa tanto que pase una vez en mil millones). No es muy racional, pero creo que es lo que hace que siga sintiendo tanto miedo al volar en avión.

El salto

El salto

Tras la cuenta regresiva me impulsé con los dos pies hacia adelante y los brazos extendidos. El río se acercó demasiado rápido a mi cara, llegué a pensar en el camino “pa, estoy cayendo de cabeza”. La sensación es imposible de contar en palabras, son unos pocos segundos eternos. Pero entonces, al terminar de darte cuenta que estás cayendo de cabeza, la cuerda te tira hacia arriba nuevamente (por suerte). ¡Y ahí vas de nuevo hacia arriba y hacia abajo nuevamente! Tras los rebotes, se tensa la cuerda y comienza a bajarte lentamente hacia el río. La presión sobre la cabeza se hace insoportable, al punto que al bajar se hinchan los ojos. Para volver a tierra, uno tiene que agarrar una caña de bambú que arriman dos personas que se encuentran sobre la orilla y te impulsan con ésta hasta lograr una posición que sirva para bajarte sobre una camilla. Luego de mi caída vino Maira y finalmente Nando, verlos caer desde abajo impresionaba todavía más. Las caras de disfrute al bajar también eran espectaculares.

Pero el día se podía poner mejor. ¿Cómo? Comimos muy bien en el resort y me dormí una siestita para recuperarme de la emoción que había pasado. Al rato me despierto y el Marrano me dice que por unos pocos pesos más nos podíamos tirar en otro dispositivo que se llama Swing. Y no pude decir que no, también se sumaron Nando y Maira.

Patas pa arriba

Patas pa arriba

Así que estábamos nuevamente en el puente. Esta vez sin mucha preparación psicológica, recién levantados de una siestita y haciendo la digestión. Con Nando coincidimos que nunca pasamos tanto miedo en nuestra vida, obviamente culpamos y puteamos al chileno (¡estábamos tan satisfechos con el bungy!) El salto del Swing parecía un poco más sencillo porque no implicaba tirarse de cabeza, pero la caída se veía mucho más profunda. Esta vez no nos ordenaron por peso y quedé para el final. El primero nuevamente fue el Marrano. Agarró con las dos manos la cuerda que aseguraron de su cintura, se acercó a la plataforma y dio el salto que acompañó por tres largos gritos entrecortados que sonaban bien de adentro, desde un miedo natural. Y ahí fueron Maira y luego Nando. 

Llegó mi turno. Me pasaron la cuerda y sentí el tirón hacia adelante que se combinó con el vientito que corría en la montaña. Avancé tres pasos con la adrenalina y el corazón a full. Nuevamente ahí en el borde, nuevamente el “tres, dos, uno” y nuevamente la gravedad. Si la caída del bungy había sido larga, mientras caigo hacia el río noto que esta caída es infinitamente superior. Objetivamente es el doble de tiempo (más de seis segundos) y a diferencia del bungy acá sí se siente plenamente el estomago en la garganta como uno se imagina. Cien metros de caída libre, ciento cincuenta kilómetros por hora de velocidad y a partir de ahí un tirón hacia adelante mientras se bajan otros cincuenta metros más. Es complicado, pero uno debe imaginarse lo siguiente: ¡es equivalente a saltar desde el piso 50 de un edificio!

No creo que vuelva a hacer esto en la vida, pero sin lugar a dudas lo recomiendo.

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